Mitos y leyendas cortas

Leyenda del niño del bote

La casa embrujada es una leyenda icónica en todo el mundo, que puede resultar y contarse de mil modos distintos. Estamos acostumbrados a concebirla como una mansión laberíntica y tenebrosa en algún lugar perdido y sombrío, donde un eco peligroso de las cosas terribles que sucedieron allí continúa existiendo para atormentar a los vivos. Pero no siempre se trata de una gran mansión del siglo XIX: esas cosas terribles pueden suceder en cualquier momento, en cualquier lugar, y los gritos de aquellas escenas oscuras quedarán atrapados quizá para siempre a través de cualquier pared. Incluso las de un edificio urbano, en pleno centro de la ciudad.

Ese es el caso de la leyenda mexicana conocida como ‘El niño del bote’. Sólo que en ella, en realidad, nunca averiguamos lo que sucedió. Pero sabemos que sigue allí, oculto en la oscuridad y listo para cobrar una próxima víctima.

Una familia, una azotea
Bloody MarySegún la tradición, corría el año 1976 cuando una familia normal se mudó a un pequeño apartamento en una vecindad de la calle Galeana, alrededor de lo que es hoy el puente sobre la avenida Ayuntamiento, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

Laura, su esposo y su hijo de 6 años, Diego, vivían en el último piso. El niño era muy despierto, un poco travieso, y le gustaba jugar en su habitación o en la azotea, algo que quizás nunca debió hacer. Todo fue bien en principio, hasta que una noche Diego empezó a escuchar un sonido muy particular proveniente del techo: como si alguien estuviera arrastrando una lata encima.

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Acabó por acostumbrarse, pero muy pronto a aquel inquietante ruido se le unió uno nuevo y más escalofriante. Eran los gemidos y lloriqueos de un niño, acompañados por el arrastrar de la lata. Asustado, el niño se levantó y se fue con sus padres para convencerlos de dormir con ellos. Sin embargo, ni Laura ni su esposo creían en lo sobrenatural, así que le explicaron que seguramente se trataba del gato del vecino y lo enviaron a su cama de nuevo.

Durante varias noches la escena se repitió, con los mismos resultados para el niño, así que este le preguntó un día a su madre durante el desayuno: “Mamá, ¿quién juega y llora en la azotea todas las noches?”, a lo que ella volvió a contestarle que no era nadie, sino que se trataba de algún gato.
Todo se fue poniendo mucho más extraño desde entonces. Diego ahora gritaba asustado en las noches, perdió todo su ánimo durante el día e incluso parecía enfermo. Además, una noche Laura atisbó en la oscuridad a un niño asomándose por la puerta de su cuarto, y si bien creyó que se trataba de su hijo, él jamás contestó y ella no pudo distinguirlo.

Hasta que una terrible noche los adultos escucharon el último llamado de Diego: “¡Mamá, mamá! ¡Dile al niño de la azotea que se vaya! ¡Que no lo quiero!”; frase que concluyó con un grito desgarrador. Cuando fueron a buscarlo, no lo hallaron por ninguna parte. Fue en esos momentos que escucharon pasos sobre la azotea y una lata (o bote) arrastrándose, que pronto notaron colgada de un lazo junto a la ventana.

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Corrieron hacia arriba y allí, en un rincón, estaba su hijo, sentado en cuclillas, abrazando sus piernas, arañado por todo el cuerpo y con una imborrable expresión de horror. Ya era tarde: estaba muerto.

Nunca supieron lo que pasó. Se mudaron para escapar de los oscuros recuerdos, pero, una noche, escucharon el mismo sonido sobre el techo y Diego apareció a los pies de su cama: “Me asusta el ruido de allá arriba”.

Ahora, en cada aniversario de su muerte, se escucha el mismo escalofriante ruido…